El agudísimo contraste, resumido en imágenes que Televisa y Televisión Azteca regatearon como siempre a su audiencia, lo diría todo. Sobrarían los discursos y hasta las encuestas.
Un año después y tras siete meses de ejercicio del poder del Estado y de los cuantiosos recursos del erario para comprar casi todo lo que se le antoje, excepto varios millones de conciencias ciudadanas, Calderón Hinojosa no puede aún o no quiere, y el resultado es el mismo, reuniones a cielo abierto, ni siquiera con los representantes más fieles del 70 por ciento de aprobación que le dan algunas encuestas y no falta la que le asigna hasta 77 por ciento, como la de María de las Heras.
A Vicente Fox Quesada y su sexenio simplemente los ignoró Calderón. Pero lo reproduce en materia del gigantesco gasto en imagen, propaganda y relaciones públicas. Así no resulta tan meritorio duplicar el número de partidarios mientras se ejerce el poder. Y si no que pregunten, por medio de una encuesta, cuántos mexicanos apoyan la gestión del “presidente Fox”, quien se retiró con 70 de aprobación. Dudo que alcance la mitad.
El fondo de la soberbia del moreliano y su monocolor equipo de gobierno, estriba en algo que la galardonada con el Rómulo Gallegos, Elena Poniatowska, explica con harta claridad: “con el plantón se desahogó una gran parte de la ira y el enojo de millones de mexicanos por el fraude”.
“Esa pobre señora”, como la motejó Espino Barrientos, entiende mejor las coordenadas del México real, peligrosamente cada vez más alejado del formal, que no pocos políticos que se dicen profesionales, incluido el primer panista del país, quien sigue obcecado en convertir el descontento ciudadano y social -que sembró y provocó con esmero digno de mejor causa-, como producto de “quienes se empeñan en exacerbarlo”.
Algún día, esperemos que antes del 30 de noviembre de 2012, Felipe de Jesús Calderón entenderá y acaso podrá asumir, por lo menos intelectualmente, que sin el movimiento del voto por voto y casilla por casilla, el plantón en el Centro Histórico, la Convención Nacional Democrática, la presidencia legítima de López Obrador, es decir: la resistencia ciudadana, sería inviable la contención del estallido de millones de ciudadanos.
Y lo anterior se lo debe Calderón al liderazgo del hombre al que estigmatizó -desde el cobarde anonimato televisivo pagado- como Un peligro para México, y que un año después no sólo entrega cuentas que refrendan la naturaleza pacífica del movimiento que dirige, sino saldo blanco.
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