Desaparecido

GABRIEL GOMEZ CAÑA, POR ULTIMA VEZ SE LE VIO EL SABADO 25 DE MARZO PASADO, A LAS 11:30 DE LA NOCHE

GABRIEL GOMEZ CAÑA, POR ULTIMA VEZ SE LE VIO EL SABADO 25 DE MARZO PASADO,  A LAS 11:30 DE LA NOCHE Orizaba, Veracruz.- Llevaba una playera negra, pantalon de mezclilla, es de complexion delgado y piel morena...Es militante del Frente Popular Revolucionario y activista de Organizaciones Sociales.

27 agosto 2007

Un relato de vida

Les comparto algunos párrafos del relato de vida de un argentino, que me parece realmente interesante, dado el momento actual.

Anteriormente cuando leía algún artículo sobre las dictaduras en el cono sur y Centro América me congratulaba porque a pesar de no ser un régimen perfecto, en México se gozaba de mayor libertad y respeto a los derechos humanos.

Paulatinamente esto ha ido cambiando, no sólo el pueblo se ha empobrecido más, la educación pública, las ciencias y tecnología están descuidadas y un etc. largo, sino que estamos entrando en una situación represiva verdaderamente alarmante. Sé que hubo guerra sucia en los finales de los 60s y en los 70s, pero lo que esta sucediendo es diferente y muy grave.

Al calce una recopilación de algunos de los casos que se han dado en el país.

Aunque a través del relato puede conocerse algunos aspecto del inicio de la dictadura argentina, el relato es ameno.

Espero que a pesar de todo disfruten el relato y éste nos ayude en nuestros análisis y reflexiones.

Silvia


Relato de Martín Varsavsky
Lo que sigue es el relato de mi vida desde septiembre de 1976 a septiembre de 1977.

Primero el entorno. Yo, con mis 47 años, me voy a navegar con mi esposa y mi hijo más pequeño a la Isla del Aire en Menorca. Cuando estoy regresando mi ayudante me dice que me toca hablar con un periodista que está en otra isla del Aire, la de Buenos Aires. Atiendo la llamada y el periodista me pide que hable sobre mi primer empleo. Es ahí que empieza el viaje a los 17. El me pide "Volver" y yo vuelvo con una intensidad que hace casi tensa la conversación con el entrevistador. En ese momento, gracias a la mezcla de lo más moderno, el móvil, con lo más antiguo, la memoria, vuelvo a los 17 y me siento invadido por la tristeza y una emoción profunda. A duras penas logro terminar mi entrevista tratando de enfocarme en el tema del primer empleo, ser aprendiz de carpintero en un astillero de San Martín en las afueras de Buenos Aires. Concluyo la entrevista y me siento obligado a escribir la historia del año más importante de mi vida en mi blog. Al hablar de mi primer empleo me doy cuenta que no puedo hacerlo sin relatar los tristes hechos de la dictadura militar, de los años en los que fueron secuestrados y asesinados amigos y familiares queridos. Años de adolescencia donde a las primeras relaciones amorosas les tocaron convivir con los primeros duelos sin funeral, porque así era la historia de los desaparecidos. Morían… sin funeral.


Todos tenemos años que marcan un antes y un después en la vida. Para mi sin duda fue el año comprendido entre septiembre de 1976 y septiembre de 1977, de mis 16 a mis 17.

Hasta 1976 mi vida fue la de un chico de clase media, hijo de profesores, que vivió siempre en el mismo departamento en la Avenida Las Heras 1975, 6A. Pero el año 1976, el año en el que yo decía que vivía en Las Heras "el año pasado" fue tan lleno de descubrimientos, maravillas y horrores que fue mi propio antes de y después de por el resto de mi vida. Si tuviera que decir exactamente cuando comenzó a descarrilarse mi vida de adolescente, diría que fue en marzo de 1976, cuando Jorge Rafael Videla se hizo con el poder en Argentina y el país –que ya venía mal luego del desastre que había armado el patético líder Juan Domingo Perón al dejar a su esposa en el gobierno antes de morir–, se puso mucho peor.

Como todas las tragedias, el fin de la década del 70 en Argentina que concluyó con una enorme ola de terrorismo de estado (sí, la peor pesadilla, los asesinos son tus gobernantes) tuvo muchas causas. El resultado fue la tormenta perfecta que causó la muerte de decenas de miles de inocentes en manos del gobierno. Entre ellos mi primo David Horacio Varsavsky, secuestrado y asesinado por el gobierno de Jorge Rafael Videla en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires, el 16 de febrero de 1977. Su muerte, y la temprana muerte de mi padre en un avión que volaba de Estados Unidos a la Argentina fueron los dos golpes más duros de mi vida.

Los simpatizantes del gobierno de Videla –que representarán hoy quizás un 10% del electorado argentino–, dicen que la entrada de los militares en el gobierno se debió a dos razones. En primer lugar debido a la incompetencia de Isabel Perón y, en segundo lugar, para luchar contra el terrorismo de izquierda. Mi opinión es que, aunque efectivamente Isabel Perón era una incompetente, quizás no lo era tanto como su marido que la dejó en el poder (la gente que hoy gobierna la Argentina sigue llamándose peronista y cantan una ridícula marcha idólatra a su persona al mejor estilo fachista), y aunque el terrorismo efectivamente existió y se calcula que causó unas 400 víctimas mortales, el terrorismo de estado del gobierno de Jorge Rafael Videla es absolutamente injustificado y causó más de 30 mil víctimas tan inocentes como mi primo. Lamentablemente fue durante esa ola de terrorismo de estado que a mi me tocó descubrir la vida.

Mis 16, como dije, venían tranquilos hasta que los militares no solo derrocaron a la democracia y asumieron el poder en el país, sino que con una capilaridad política inexplicable asumieron el poder en mi colegio secundario, el Nicolás Avellaneda, ubicado en El Salvador entre Fitz Roy y Humboldt. Se que a mis lectores en Europa o Estados Unidos les puede resultar difícil creer que un gobierno militar pudiera llegar hasta tal punto de control de querer poner militares a dirigir los colegios, pero así lo hicieron. Y lo primero que hizo el militar que vino a mi colegio fue decidir a que estudiantes asesinaba y a cuales simplemente expulsaba del colegio. Me pregunto como un hombre adulto, con sangre fría, podía sentarse en una mesa y decir, a este chico lo matamos, a este lo rajamos (expulsamos) a este lo dejamos. Y quizás hoy estoy vivo porque en esa mesa alguien dijo "a Varsavsky lo rajamos" y no dijo "Varsavsky es boleta".

¿Cuál podría haber sido mi delito? Probablemente haberme declarado públicamente un socialista democrático (mi país más admirado en ese entonces era Suecia) y quizás por haberme declarado también anti peronista terminé entre los expulsados y no metido en un avión con un cura que me daba el pésame en vida mientras unos militares me drogaban y me tiraban en medio del mar para que mi cadáver nunca fuera encontrado (si los curas apoyaban a los militares en el asesinato y así se supone que murió mi primo, en un "vuelo de la muerte"). Algunos de mis pobres compañeros comunistas o peronistas no tuvieron la suerte de solo ser expulsados y fueron brutalmente asesinados así como también los de otros colegios como el Nacional Buenos Aires o el Pellegrini.

Recuerdo el día que mi madre recibió un llamado del colegio que decía que yo no podía ir más porque había "militado". En la Argentina obsesionada con lo militar militar curiosamente quería decir estar en el ejército y pertenecer a una organización política, una gran confusión. Todo era militar o militar. Yo, como buen adolescente, no tenía miedo, nada de miedo. Yo, como buen adolescente, sólo tenía furia, mucha furia. Entonces hice un plan: averigüé que había una manera de no ir al colegio, pero graduarse del colegio que consistía en "dar el año libre". Para dar el año libre había que presentarse únicamente durante la semana de exámenes. Y eso es lo que decidí hacer. Como no podía ir al colegio iba a la Biblioteca del Ministerio de Educación, el mismo en el que ahora se hacen las reuniones de Educ.ar, emprendimiento social creado por mi fundación. Pasaba horas y horas en esa biblioteca estudiando las 22 materias que tenía que dar libres, las 11 de cuarto y las 11 de quinto. Mi madre trataba de convencerme para que fuera a otro colegio, para que no diera el año libre, pero yo ya estaba decidido a hacerlo.

Mis padres ya estaban separados. Mi madre vivía en Recoleta y mi padre en Belgrano, en Teodoro García y Arribeños, y durante una noche de discusión, luego de pasar el día en la biblioteca, mi madre me dijo que si seguía con mi plan de dar el año libre me echaba de mi casa, que me fuera a vivir con mi padre que había alternativas mejores como ir a otro colegio, que no hacía falta irse de la Argentina, que la cosa no estaba tan mal y que ella me sugería seguir mi vida con normalidad. Yo traté de hacerla razonar pero no pude. Mi madre, como la gran mayoría de la gente en el Buenos Aires de entonces, simplemente no se podía imaginar el asesinato en masa que estaba ocurriendo que no se limitaba a los terroristas. Pero no pude llegar a un compromiso y al desobedecerla me tuve que ir a lo de mi padre, con mucho dolor. Así se sumaban las expulsiones, la del colegio, la de mi casa de mi infancia, y mi adolescencia tan armada hasta entonces, se derrumbaba mes a mes.

Mi primer intento de formar una relación amorosa también fue un fracaso. Mi novia de ese momento sufrió un durísimo golpe cuando su hermana fue secuestrada por los militares. Ella vivía en la esquina de mi casa. Recuerdo el horror de sus padres, su miedo permanente. Para ir de Teodoro García y Arribeños, donde vivíamos nosotros, a Teodoro García y Villanueva, donde vivía ella, había que recorrer 100 metros. Pero esos 100 metros estaban plagados de peligros. El horror fue una noche cuando un representante del gobierno militar apareció de improviso a negociar con el padre de mi novia para que él les entregara el hijo en vez de la hija, ya que se "habían equivocado". Yo estaba por subir a su departamento pero di la vuelta al ver los coches militares abajo. Mi novia era la tercera hija, sufría pensando que la próxima en ser secuestrada era ella. Pero el padre, nunca supe bien como, logró lo que casi nadie consiguió en Argentina y fue que su hija fuera liberada de un campo de detención y reapareciera con vida. Aunque fue maltratada, torturada y abandonada en medio del campo en Santa Fé, pudo rearmar su vida y hoy en día es una feliz médica que vive en Madrid y está casada con su novio de esa época, también médico.

Pero mi primera relación amorosa terminó así abortada, sin concluir, de un día para otro, porque apenas liberaron a la hermana de mi novia toda la familia se fue a España. Yo estaba feliz por ellos, pero sentía que al reaparecer su hermana, "desapareció" mi novia. Lo que hoy no entiendo mirando hacia atrás es cómo viendo la evidencia, viendo todo lo que pasaba, no nos escapamos con mi familia a finales del 76. Cómo no evitamos el secuestro y asesinato de mi primo, David Varsavsky, que vivía en Federico Lacroze, también muy cerca de nosotros. Cómo esperamos medio año más. Pero no, lo loco es que cuando los militares vinieron en febrero del 77 a buscar a mi primo, mi padre Carlos Varsavsky, una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida, reaccionó con calma y creyó que mi primo aparecería con vida "cuando los militares vieran que David no estaba metido en nada". Así que primero nos quedamos "para ver si mejoraba la cosa", luego nos quedamos "para estar cuando lo suelten a David", y al final nos escapamos cuando vimos que gente querida y conocida seguía desapareciendo como cubitos de hielo en un día de calor. Pero yo sigo pensando en cómo mi padre que era judío no se dió cuenta que esto era como otro holocausto. Su error me hace recordar al poema de otro Martín

"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".

Aunque este poema se refiere a los Nazis, bien puede contar la historia de los desaparecidos de Argentina detallada en el libro Nunca Más.

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Mis tíos Ruth y Carlos fueron de los centenares de miles que no murieron en manos de los militares, sino que emigraron, como terminamos emigrando nosotros. La mayoría a España, México, Brasil, Venezuela, Italia y Estados Unidos. El caso de ellos era el siguiente: un ex novio de mi tía simpatizaba con los Montoneros y la ex esposa de mi tío con el ERP. Se que suena tirado de los pelos que alguien que tuviera un ex novio simpatizante de los Montoneros se tenga que ir del país, pero el padre de mi tío, que era general y gobernador de la provincia de Mendoza, les dijo que "estaban en las listas" y que se fueran. Ellos se escaparon y como mi tío era un gran neonatólogo encontró rápidamente un trabajo en un hospital de Bahía y ahí se fueron.

Ahora lo que yo me pregunto es cómo tomaba yo decisiones a los 16 años, porque no recuerdo llamar a mis padres para consultarles si me "dejaban" seguir de Río hasta Bahía (la distancia por tierra entre Buenos Aires y Bahía es similar a la distancia entre Madrid y San Petesburgo). Supongo que mis padres pensaban que yo estaba mejor perdido en Brasil que encontrado (por los militares) en Buenos Aires.

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Quizás la alegría me duró mucho, porque no me enteré que durante mi viaje los militares habían secuestrado a mi primo en Buenos Aires. No se por qué no me enteré, pero creo que fue porque en esa época la primera reacción de los familiares ante un secuestro por parte del gobierno era, absurdamente, confiar en que el gobierno iba a solucionar todo y dejar a la víctima libre. La gente iba a las comisarías, hacía denuncias, y a veces, como en la fábula de Esopo, entraban y no volvían a salir. Las víctimas del aparato represor del gobierno no tenían realmente idea de lo que estaba ocurriendo. La analogía con el régimen Nazi es muy fuerte.

Una de las razones por las que hice Educ.ar en Argentina y Chile 25 años más tarde, fue por mi convencimiento de que si hubiera habido internet los militares de esos países no hubieran podido controlar los medios y matar a tanta gente inocente. Pero en esa época no se sabía nada. Las radios, televisiones, periódicos, estaban todos tomados por los militares que secuestraban, asesinaban, torturaban periodistas disidentes como a Jacobo Timerman, padre de mi querido amigo Javier Timerman. Así fue que, sumido en la inocencia total, ignorante de que durante esos días, mientras yo ligaba con bahianas y hasta trabajaba de guía turístico, mi querido primo hermano estaba siendo asesinado.

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Lo que si recuerdo es que la vuelta a Buenos Aires fue un shock. Me enteré de la desaparición de mi primo y me angustié tanto que me enfermé gravemente. Los médicos decían que tenía difteria. Yo no se qué tenía, pero recuerdo dos cosas. Una, que tenía tanto pus en la garganta que me ahogaba y que me daban inyecciones de Keflin. El horror de esta enfermedad duró 2 semanas y bajé 9 kg. Así recibí la noticia de la desaparición de David, con quien me había pasado la infancia jugando y era mi único primo. El que me había enseñado un condón por primera vez y cuando me preguntó que creía yo que era, le dije convencido "un globo de cumpleaños". La otra cosa que me puso especialmente triste al volver a Buenos Aires es que el padre de Rody, uno de mis compañeros de viaje a Brasil, al enterarse que mi primo había sido secuestrado por los militares, le prohibió verme. Rody le obedeció y yo me sentí enormemente traicionado. Esto me causó un profundo dolor. Me sentí un paria, un intocable. Años más tarde lo entendí. Los militares mataban como si lucharan contra una epidemia imaginaria. Ellos jugaban a la mancha, yo te toco, ellos te matan

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La historia de mi llegada a Estados Unidos también obedece a uno de esos absurdos planes adolescentes que me hacía yo. Todo tenía una lógica en este mundo, donde mi primo había desaparecido de la manera más ilógica. Mi argumento era el siguiente. Me habían aceptado en NYU, en Nueva York, pero yo en vez de ir a Nueva York volaba a San Francisco. ¿Por qué? Porque "¿cómo me iba a ir a vivir a un país que no conocía?". Si ya conocía todas las provincias argentinas menos San Juan y Catamarca (aún no las conozco), tenía que recorrer bien Estados Unidos antes de llegar a Nueva York. Además mi primo no aparecía y mi padre finalmente se había dado cuenta de que la cosa estaba peligrosísima y lo mejor era que nos fuéramos lo antes posible. Lo raro del caso es que aunque una parte del gobierno norteamericano, los republicanos, se dedicaban a entrenar a militares en sudamérica para torturar y asesinar civiles, otra parte, los demócratas, y en nuestro caso el querido senador de Nueva York Patrick Moynahan, nos rescataba y daba a mi padre y a todos nosotros visas de refugiados (hace un par de años pude agradecer a su viuda en una cena en la casa de Jim Wolfenson, que dirigía el Banco Mundial).

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A las situaciones de Atenco y Oaxaca, al homicidio de Ernestina Cruz Ascencio en Zongolica, al asesinato de 5 integrantes de una familia inocente en Sinaloa, los abusos y violaciones en un poblado de Coahuila, los abusos y violaciones a ciudadanos inocentes e indefensos durante un operativo en Michoacan, todo ello por parte de militares, documentado, agreguense las siguientes notas. Calderón sigue sin hacer caso de estas situaciones y sigue adelante abriendo el cauce para que la militarización se extiende. No es por desconocimiento, es porque desean controlar a la población sembrando muertes y terror.

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