Desaparecido

GABRIEL GOMEZ CAÑA, POR ULTIMA VEZ SE LE VIO EL SABADO 25 DE MARZO PASADO, A LAS 11:30 DE LA NOCHE

GABRIEL GOMEZ CAÑA, POR ULTIMA VEZ SE LE VIO EL SABADO 25 DE MARZO PASADO,  A LAS 11:30 DE LA NOCHE Orizaba, Veracruz.- Llevaba una playera negra, pantalon de mezclilla, es de complexion delgado y piel morena...Es militante del Frente Popular Revolucionario y activista de Organizaciones Sociales.

03 febrero 2007

La tortilla y la devastación cultural

Javier Sicilia

El alza de la tortilla, que a inicios de año, como un nuevo mal de la globalización, azota a México, no es sólo un atentado a la vida alimentaria del pueblo mexicano, sino antes que nada un arrasamiento de su cultura. Al igual que el mundo europeo nació bajo el signo del trigo, y el mundo asiático bajo el del arroz, México nació bajo el signo del maíz: su pluralidad de culturas, sus ritos, sus vidas domésticas han girado en torno a él.

Richard Stokton MacNeish (1918-2001), un hombre que dedicó su vida a investigar la transición del nomadismo a la agricultura, en sus investigaciones en el valle de Tehuacán –que, por razones que no es posible aducir aquí, consideraba la cuna del maíz– descubrió las primeras pruebas de su existencia, el maíz zea, en la fase llamada Coxatlán (5000-3500 años a. de C.): 18 mazorcas.

Este maíz –que, según recientes estudios, era hijo del teosinte, un híbrido cuyas huellas se perdieron–, al sedentarizar a las poblaciones y construir formas de vida en torno a la subsistencia, generó también la diversidad de culturas que pueblan nuestra nación. De la misma forma que el trigo y el pan han sido el centro del sentido de la tradición judeocristiana, no hay mito indígena donde el maíz no aparezca como el corazón de la vida. Grandes cosmogonías –metáforas rituales de aquello que hace la existencia y la permanencia de un pueblo– nacieron de él. Los mismos conquistadores jamás habrían podido sobrevivir sin apoderarse de las reservas de maíz que Moctezuma había acopiado después de una gran hambruna, las cuales eran suficientes para mantener a 50 mil personas durante un año, y el México de la Colonia, el independiente y el que nació de la Revolución jamás habrían podido sobrevivir ni ser sin él –Enrique Florescano ha documentado el papel que las “crisis del maíz” han jugado en los alzamientos nacionales (Precios del maíz y crisis agrícola en México).

El maíz, como lo señalaron en 2004 los pueblos de Oaxaca en su resistencia a los transgénicos, es “el fundamento de nuestra cultura y la realidad de nuestro presente. Está en el centro de nuestra vida cotidiana. Aparece sin falta en nuestra dieta y en la cuarta parte de los productos que adquirimos en la tiendas. Es el corazón de la vida rural y un ingrediente infaltable en la vida urbana” (Defender nuestro maíz, cuidar la vida, en Manifiesto contra los transgénicos en Oaxaca).

Por desgracia, ese maíz, que antes de la Colonia constaba de 200 a 300 especies, en la época actual ya sólo tiene 40. La razón es del orden de la productividad tecnificada y de la transformación del valor cultural y de uso del maíz en un valor económico: El aumento de su productividad, que en tierras irrigadas pasó de 0.7 toneladas por hectárea en 1950 a 2 toneladas por hectárea en 2005, estuvo acompañado de una reducción real y “epistemológica” de tierras cultivadas. La primera fue consecuencia del despojo de la vida campesina y de su emigración a las ciudades; la segunda, que va de la mano de la anterior, de la introducción de criterios “científicos” de cultivo que, o bien han esterilizado tierras a fuerza de usar agroquímicos, o bien han tratado como estériles las tierras otrora cultivadas por campesinos milperos.

Pese a esto, hasta la década de los sesenta México tuvo una independencia alimentaria y fue autónomo en la producción del maíz. Hoy, en cambio –con una fase intermedia, la del Sistema Alimentario Mexicano (SAM), con la que el gobierno de López Portilla hizo algo fundamental: subsidiar a los cultivadores de milpa: “una forma de redistribución del ingreso (...) un forma de hacer justicia”–, arrojó la producción al amparo del único dios moderno: “la mano invisible” cuya sola ley es el hierro del mercado libre. La bárbara ignorancia de los hijos de Adam Smith, del desarrollismo de Truman y de la globalización moderna, trató al maíz, no como el valor de uso sagrado y civilizatorio que –vuelvo al Manifiesto de los pueblos de Oaxaca– “resume nuestro pasado, define nuestro presente, es la base de un porvenir propio y motivo de fiesta, de intercambio, de convivencia, de ayuda mutua (y) centro de nuestra cultura, en la que tiene un carácter sagrado”, sino como un hoobie económicamente improductivo que fácilmente podía sustituirse por importaciones de la variedad amarilla número 2, que en Estados Unidos tiene el estatuto de forraje y que es más barata que el elote y sus 40 variedades.

Esta estupidez, hija de la reducción de la cultura y de la vida a un valor económico, terminó no sólo por sellarse con el TLC –ese monólogo entre poderosos que le ha dado la puntilla al subsidio alimentario de nuestro país–, sino por las nuevas políticas estadunidenses que, al agotar el modelo industrial agroquímico, han empezado a generar un maíz transgénico que, con las consecuencias que esto traerá –dependencia económica de los laboratorios estadunidenses que lo producen; destrucción por hibridación de las 40 variedades que, pese a todo, aún conservamos–, quieren vendernos. Por lo pronto, el uso que han empezado a dar a ese pésimo maíz –la producción de etanol– y la destrucción de nuestros milperos han generado el desabasto del grano, las crecientes emigraciones del campo y el encarecimiento de la tortilla.

La manera en que el recién estrenado gobierno de Calderón y Eduardo Sojo –el Córdoba Montoya del sexenio de Fox y, ahora, para nuestra desgracia, secretario de Economía– quiere enfrentar el desastre –importando maíz de donde sea–, no resolverá el problema, cuya base es la estupidez de los economistas y de nuestros inexpertos políticos que reducen todo al mercado libre. Pero sí hace evidente un desastre ya anunciado: este movimiento brusco que no estaba previsto –a Dios gracias y pese a las ISO 9000 todavía reina la contingencia– adelantó lo que en el TLC estaba anunciado para el 2009: el arrasamiento completo de la producción de maíz y frijol –falta todavía esa debacle alimentaria y cultural– de nuestro territorio; la perentoria destrucción del campo que, sin subsidio alguno, zozobrará en medio de hordas de campesinos sin tierra y sin vida y movimientos sociales que el Ejército, como lo ha anunciado el gobierno de Calderón, reprimirá; el sometimiento del territorio a la maquila –somos parte de las regiones que en el modelo globalizador están destinadas a ello; de ahí también el desprecio del gobierno por la cultura y la educación– y, lo peor de todo, la destrucción de nuestra vida cultural frente a la dependencia alimentaria y la pérdida de nuestro maíz, su memoria y su fiesta, que se convertirán en un recuerdo o en el símbolo de un pasado romántico. Pues como lo dice la sabiduría campesina acumulada por milenios: “Sin maíz no hay país”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca. ?

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